Al llegar al módulo de alta seguridad del Cereso estatal de Ciudad Juárez - la sección de la prisión donde el 4 de marzo murieron 20 reos en una reyerta entre pandillas- los internos me dieron la espalda. Poco a poco, pude ver sus rostros. Me acerqué y al presentarme supe que el chico joven, guapetón, sin el dedo índice y pulgar de la mano derecha pertenece al Cártel de Sinaloa.
Cerquita de él, está un sicario de La Línea, el brazo armado del Cártel de Juárez, que me contó su mayor preocupación: no poder abrazar a su pequeña, que cumple años este domingo 15 de noviembre. Lo hizo mientras miraba a la Santa Muerte, dibujada por él. Según las autoridades, Jesús Echeverría Vaquera ha matado a 36.
El gran problema de Javier Sida, nacido en Los Angeles de padres juarenses hace 29 años y perteneciente a la pandilla de Los Sureños, son sus tatuajes. Más que el homicidio que cometió. Las huellas de su piel contienen símbolos de las dos pandillas rivales en la prisión del Cereso: los Aztecas y los Mexicles. No es tan peligroso. "Sólo" mató a una persona. Pero en este módulo, aislado del universo carcelario, está más seguro. Del resto de los 650 prisioneros.
En el interior de las cárceles de Ciudad Juárez se decide el presente de un exterior en caos. El negocio del narco menudeo. El horror de los 20 muertos fue obra de 16 integrantes de Los Aztecas. Más de 600 agentes reestablecieron el orden. El motín fue al día siguiente de que se anunciara la llegada de más efectivos militares para combatir el narcotráfico. "Me siento más seguro aquí que en Ciudad Juárez", afirma Alfredo J. García, subcoordinador de seguridad en el Cereso estatal. Antes, fue vendedor de burritos.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada